Crónicas del último viaje de Soledad

Crónicas del último viaje de Soledad

Feb 29, 2016

Una historia de vida en Xcaret

 

En el parque de Xcaret abundan grandes historias de visitantes excepcionales. En esta ocasión les comparto el relato de Doña Soledad, narrado por su compañero de vida, Don Max. Soledad era una mujer longeva que acumulaba 70 años de fervor y energía; su historia ha quedado grabada en los ecos simbólicos del Parque.

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Había un cielo turbio ese día; ella vestía de color azul y las nubes bailaban al ritmo del viento. Se sentía un calor que esparcía sudor en el rostro opaco y arrugado de aquella senil viejecita. La decisión había sido tomada, Soledad iba a emprender una nueva aventura. Frente a ella se encontraba la avenida principal, punto de partida para los visitantes de este hermoso lugar, su mirada, sutil, estaba perdida en el horizonte y su alma, despavorida, relucía.

De su gran aventura existen murmullos. Se dice que la naturaleza la había asombrado, que se había hipnotizado con la belleza de la fauna: delfines, jaguares, pumas y el especial chirrido de las guacamayas. Es casi imposible imaginar lo que ella pensaba en ese momento. Se veía desorientada; conversaba con los animales y su rostro delataba enorme fascinación.

 

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Aquel día Soledad vio el mar por primera vez; lo contemplaba impresionada con su peculiar vestido huipil bordado de chalina rosa y azul turquesa. Su delicado corazón se aceleraba a todo galope, mientras que lágrimas caían de sus humildes ojos. ¿Hasta dónde termina el mar?, preguntaba miedosa. -Hasta donde tus ojos puedan contemplar-, respondí, con una voz dulce pero tosca. El silencio tenue se detuvo.

 

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Con un vasto recuerdo aún presente, caminamos de la mano por la playa y la caleta. Jugábamos a las escondidas y nos lanzábamos bolas de arena, como si fuéramos jóvenes enamorados y libres de pecado. El ambiente nos obligó a salpicar el agua salada, y nuestras carcajadas no cesaban. Agotados por la caminata y ya con hambre, decidimos unirnos a un festín, donde pecamos de gula y sucumbimos a antojos banales. Poco después llegamos hasta los cenotes, impactados por la grandeza del río subterráneo. El agua cristalina nos cautivó con su esplendor.

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Soledad estaba fascinada por la cultura; de igual forma estaba yo. Recuerdo a los hombres voladores y a los mayas, a quienes vimos pasar en caravanas; ella salió disparada en busca de los danzantes. Nos llamaban la atención sus coloridos penachos, que nos obligaban a tomarnos, cuando menos, una fotografía. Admiro su coraje.

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El sosiego de la noche nos daba una cálida bienvenida. Comenzamos la eterna ruta México Espectacular. En esos momentos no despegué los ojos de ella, ni tan sólo un segundo. Me di cuenta que todo esto despertó una sensación de amor por nuestro país. Durante el espectáculo pude observar su fervor, su alma de hierro: no paraba de aclamar y soltar elogios; gritaba como una loca adolescente.

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Su piel se enchinaba por la emoción, mientras que la adrenalina recorría su longevo cuerpo. Debo reconocer que fui afectado por la emoción. Al terminar, nos abrazamos y lloramos a cántaros, justo frente al majestuoso Tlachco. Me limpié las lágrimas, símbolo de mi ego, y admirando sus ojos le pregunté -¿te encuentras bien?- con un nudo en la garganta.

-Cuando deje este intrépido mundo terrenal, no quiero que llores. Cuando cierre los ojos, resignate a mi partida. Si algún día me extrañas, acuérdate que me hiciste la mujer más feliz del mundo. Siempre apoyaré mi hombro con el tuyo y te seguiré a donde vayas-, me respondió, angustiada. Fueron parte de sus últimas palabras. Ella sabía perfectamente que algún día partiría; tenía una cita con la muerte, un boleto anticipado.

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Han pasado seis meses desde que Doña Soledad emprendió su travesía al cielo, perdió la batalla contra el cáncer. Max vive triste sin Soledad, pero sabe que cumplió su última voluntad. Sabe que la hizo feliz hasta el último de sus días.Sabe que le dio el mejor paseo y el último viaje en los aposentos de Xcaret.  
Don Max siempre estará agradecido por los momentos vividos en el Parque, así como por la atención especial de los colaboradores que día a día laboran llenos de amor y cariño. Personalmente, es un honor plasmar esta extraordinaria historia; pienso que, al final, es la misión del parque: hacer feliz a los visitantes. Es toda una experiencia.

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